Victor Manuel


La madre


Nada que ver con la común historia
nadie me quiere y todas esas cosas,
ella fregaba suelos, nunca se compró ropa,
por darle un buen colegio multiplicó las sobras.


Cuál sería el instante,
quién le enseñó estas cosas,
cuándo probó la muerte,
y amaneció entre sombras.


Qué te puedo dar que no me sufras,
qué te puedo dar que no te hundas,
que no vea en tus ojos reflejos de cristal,
que me mata tu angustia, que me puede tu mal.
Qué te puedo dar...


Quiso ayudarle sin saber ni cómo,
y aunque no pudo, fue vendiendo todo,
pero todo era poco para un saco sin fondo,
un golpe a una farmacia, algún pequeño robo.


Ya de vuelta en la casa
del hospital sabía
que más pronto que tarde
la herida se abriría.


Qué te puedo dar que no me sufras,
qué te puedo dar que no te hundas,
que no vea en tus ojos reflejos de cristal,
que me mata tu angustia, que me puede tu mal.
Qué te puedo dar...


Con la prudencia que da la locura
buscó los datos, aclaró sus dudas;
con un último esfuerzo le compró la más pura,
y al mirarle a los ojos, se le borró entre brumas.


Él creyó que soñaba
en el fugaz instante
en que acabó su tiempo
abrazado a la madre.


Qué te puedo dar que no me sufras,
qué te puedo dar que no te hundas,
que no vea en tus ojos reflejos de cristal,
que me mata tu angustia, que me puede tu mal.


Qué te puedo dar que no me sufras,
qué te puedo dar que no te hundas,
que no vea en tus ojos reflejos de cristal,
que me mata tu angustia, que me puede tu mal.
Qué te puedo dar...