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Errar es humano

¿A qué llamamos error? Decimos que "errar es humano" y somos humanos. ¿Por qué acusarnos entonces de aquello que consideramos que hemos hecho de manera equivocada? Justamente es allí donde está la enseñanza. Si podemos ver nuestro error, es que hemos podido tomar en cuenta el hecho de las consecuencias que emanan de él. Entonces, lo lógico es quitarnos el complejo de culpa y ver con alegría el aprendizaje que nos dejó.

Si lo vemos desde otro punto de vista, el no equivocarnos hubiera sido acertar con la decisión justa, en el momento preciso. El pasado es pasado y no vuelve, no hay corrección al respecto. Entonces vivamos el presente con la alegría correspondiente a hoy, porque sabemos que si en algún momento se nos presenta algo similar, ya no va a ser acertar a tientas ni a ciegas, sino dar con lo justo por experiencia propia.

Si sabemos recoger las enseñanzas no hay motivos de sentirnos culpables. De eso se trata la vida, de una hilación continua de enseñanzas y aprendizajes. Entonces desterremos la palabra error y con ella el complejo de culpa y tomemos aquello que tanto nos marcó como la enseñanza maestra oportuna.


¿Sabes decir "me equivoqué"?

Existen seres humanos que acumulan sabiduría y otros, la mayoría, que acumulan estupidez; los primeros son aquellos que ante un fracaso se preguntan en qué se equivocaron y asimilan la lección para no volver a cometer el mismo error; en cambio los segundos, son aquellos que siempre le echan la culpa a los demás, su fracaso fue producido por otros y nunca por ellos mismos.

El doctor Edward Deming, considerado el padre del milagro japonés, en los años de 1950 fue a enseñar a un pueblo el control estadístico de la calidad (actualmente la máxima presea que se otorga en esa nación a la empresa más destacada, es precisamente el premio Deming a la calidad). Establecía una regla fundamental: del cien por ciento de las fallas que se dan en un departamento o en una empresa, el 85 por ciento corresponden al líder del área y el 15 por ciento al subordinado. Resulta ciertamente doloroso que como líder yo sea el máximo responsable de las fallas en mi departamento o empresa, y más doloroso resulta a nivel familiar y peor aún a nivel de nación, en la que nuestros dirigentes son los principales responsables de los actuales problemas; en cambio, qué cómodo resulta echarle la culpa a los demás.

El líder que humilla, desprecia o maltrata a sus subordinados (y esto es aplicable tanto a nivel familiar, empresarial o gubernamental), establece lo que se denomina "cuentas por cobrar", que tarde o temprano el humillado se cobrará, ya sea desquitándose con el producto o creando algún malestar a su líder, para darle en reciprocidad el maltrato recibido. A través de veinte años de entrevistar líderes, en muy diversos países, me resulta curioso que los líderes de Excelencia no me hablan de poder o de carisma, sino que el común denominador que he podido identificar es que todos ellos son aprendices por Excelencia, tienen la rara habilidad de dejarse enseñar, y lo que es más curioso aún, permanentemente están aprendiendo de ellos mismos, de sus propios errores, a grado tal, que después de cada error resurgen con mayor seguridad en ellos mismos, por su sabiduría adquirida en la última experiencia.

El precepto bíblico es muy claro al respecto, "corrige al sabio y se hará más sabio, corrige al necio y te lo echarás de enemigo".

El ser excelente está alerta permanentemente para aprender de sí mismo, tanto cuando tiene éxito, como cuando fracasa, pues está convencido de que para ser triunfador no se requiere que exista un derrotado, pues para él la máxima conquista a la que se puede aspirar es a la conquista de sí mismo, y hace crecer permanentemente su ser, sabe que él es el principal responsable de sus aciertos y fracasos, y está convencido de que cada fracaso le permite surgir con mayor sabiduría y seguridad. Paga en esta forma la colegiatura diaria para ser un triunfador.

La fábula "La gallina de los huevos de oro", de Esopo, habla sobre un granjero que se encuentra a una gallinita lastimada, la recoge, cura y da de comer, hasta que un buen día se encuentra un huevo de oro en el gallinero. Al día siguiente el granjero vuelve a encontrar otro huevo de oro, y día con día la gallina repite el milagro. El granjero piensa entonces que si la gallina es capaz de poner un huevo de oro diariamente, por dentro ha de tener una mina de oro, así que decide sacrificarla y ¡oh, decepción!, no encuentra absolutamente nada. Dice el refrán: "La ambición rompe el saco". Este pobre granjero quiso toda la riqueza en un instante, y en lugar de cuidar a la gallina la mató inútilmente.

La moraleja de esta fábula la podemos aplicar en los roles de la vida. Los padres complacientes que dan todo a sus hijos con tal de verlos contentos, pero sin educarlos, a la larga acabarán en un mundo de conflictos y sin bases firmes para conducirse a la madurez y al crecimiento psíquico. En la pareja, cuando solamente se disfrutan mutuamente en los buenos momentos, pero no se respetan ni protegen, descuidando la comunicación y sin propiciar el crecimiento mutuo, tarde o temprano la gallina les deja de poner huevos de oro.

La mente trabaja bajo dos paradigmas extremos: esperar lo mejor o esperar lo peor. El segundo es el más común, pues no exige nada. En contraparte, el autovisualizarse como triunfador requiere de un esfuerzo, de una energía vivificante que nos anime a la acción y que nos permita enfrentar cada obstáculo, no como una dificultad sino como un reto.

¿Cómo conseguirlo? Los hábitos vitales para tener una vida plena son:

Espera lo mejor, lo cual te ofrece una visión optimista y práctica de la vida.

Lleva una vida espiritual que te de seguridad interior, acrecienta tus valores y proyéctalos hacia tu felicidad.

Perdónate a ti mismo por haberte culpado. Empieza por no juzgarte y perdonarte.

El secreto para ser feliz es ¡ser feliz!

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