La madre no muere

La vida no acaba de golpe. Porque queda la huella, queda el latido que dejamos, queda todo lo que fuimos, en otros que serán.

Intenté mucho más de lo que les dejo. Ni en la tierra ni en el cielo quedará un resquicio de alma que no sea para ustedes. Yo, que conozco lo que siento, sé que lo he dicho muy mal, pero Dios, a su lado, me hará expresar mejor. Aunque mi cuerda quede con el canto trunco, estaré entre ustedes.

Porque puede morir la nota, no la melodía; la lengua, pero no el eco; las manos, pero no las plegarias. Mi canto vivo, mi eco largo, mis alas acogedoras no faltarán. Aunque al irme parezca un pájaro con llanto.

Si en el cielo el amor no se seca, es que en verdad la madre no muere. Su amor seguirá en alguna forma tras los hijos.

Rodarán lágrimas cuando ustedes lloren, aunque tengan que bajar en estrellas. Sonreiré cuando lo necesiten, aunque sea entre las rendijas del sol, al atardecer. Mis manos no podrán irse. Imposible. Las caricias vendrán con el rocío, su impaciencia las hará bajar antes que el sol. Mis dedos abiertos serán hebras de luna que les harán tibia la sombra. Y cuando llegue la noche, manto de descanso, yo prenderé luceros donde estoy segura de que me reconocerán.

No lloren, porque no me iré. En ninguna región que me encuentre se acostarán sin besarme.

Y sin saber que los bendigo.


Zenaida Bacardí de Argamasilla