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El abuelo

Tenía ochenta y ocho años, y estaba sentado en el traspatio de la casa en su mecedora preferida, mientras sus veinte bisnietos traveseaban en el jardín.

Metido en sus recuerdos contemplaba fascinado los árboles frutales que él había sembrado con sus propias manos muchos años antes y que ahora presumían en sus ramas apetitosas manzanas, naranjas, higos y limones. Su mirada dejó su cansancio y abrió los ojos como un niño que se asombra con la magia de su propia vitalidad. Las comisuras de su boca, que irradiaban las cicatrices de la vida, cambiaron su expresión para esbozar la levísima sonrisa de un adolescente en el despertar de sus emociones. Suspiró profundo, como cuando trepaba a los árboles para sentirse grande y respirar el aire filtrado en las tupidas enramadas y desde allí, desde las alturas, ver extasiado el campo sembrado de trigo, de espárragos y viñedos en la propiedad de su padre, allá en Aranjuez y junto al río Tajo, donde nació y de donde salió a la edad de 25 años junto con su esposa Cipriana, huyendo de la guerra civil española, para venir a buscar refugio a México. Se acordó de su ciudad natal, quien fue merecedora de un concierto compuesto por Joaquín Rodrigo y que le encantaba escuchar. Esa ciudad de historia, de palacios y de jardines diseñados por el arquitecto italiano Santiago Bonavia por encargo del rey Fernando VI; lugar donde se suscitó también aquel motín que hizo abdicar a Carlos IV para dejar el reinado a su hijo Fernando.

El mayor de sus nietos se acercó interrumpiendo sus pensamientos para decir:

-Abuelo... Te he traído un poco del vino que tanto disfrutas. Un Chardonnay Codorniu.

Con mano temblorosa tomó el vaso, le dio un sorbo y dijo:

-¡Gracias, hijo! Dime... ¿Dónde está tu abuela?

-Donde siempre, abuelo. Tú sabes lo difícil que es sacarla de la cocina. Está preparando el turrón que tanto te gusta.

-Dile que venga a sentarse aquí conmigo. Ya ha cocinado durante muchos años y es justo que descanse. Me apetece más ahora la dulzura de su presencia.

-Yo mismo te la traeré, abuelo.

Mientras el nieto iba por la abuela, la mirada del anciano se clavó nuevamente en esa nada inundada de recuerdos, cuando éstos se comen y devoran a las esperanzas, signo inequívoco de la verdadera ancianidad.

-¿Qué se te ofrece, Benito? -dijo una voz a sus espaldas.

Sin voltear y acercando otra silla mecedora, respondió:

-Se me ofrece lo de siempre, Cipriana, únicamente tu compañía. Quiero que veas a tus bisnietos jugar bajo los frutales que tú y yo sembramos.

-Pero, Benito... El turrón está casi en su punto y debo vigilarlo.

-Nosotros somos los que estamos a punto de que nos vigilen, y no tu estupendo turrón -respondió- ¡Anda! Siéntate y disfruta del arduo trabajo de no hacer nada cuando ya hicimos bastante.

Cipriana también sonrió y se sentó junto a su marido. Él le tomó su mano con la suavidad de un temblor cariñoso y dijo:

-¿Te acuerdas de Aranjuez? ¿Te acuerdas cuando nos casamos en el pueblo de Mar de Antígola, cuando llegaron las mariposas? ¿Te acuerdas de nuestro viaje de bodas a Fuentidueña del Tajo?

Como si los pensamientos volaran, una ráfaga de viento hizo volar un mechón de pelo en la frente de Cipriana y suspiró profundo para decir:

-¡Por Dios, Benito!... ¡Cómo crees que pueda olvidarlo! ¿Sabes en qué he pensado? He pensado que cuando Dios nos recoja, nuestras cenizas las arrojen juntas en el río Tajo, donde nos conocimos, para que sus aguas nos lleven nuevamente a recorrer Aranjuez, Toledo y Talavera de la Reina, hasta llegar al Atlántico que nos trajo a estas benditas tierras.

Atrás de ellos, sus ocho hijos con sus hijos, observaban al par de ancianos tomados de la mano. El hijo mayor se levantó y buscó un disco compacto. Lo puso en el equipo modular y comenzó a escucharse el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo. Al comenzar a escucharlo, las manos enjutas del par de ancianos, se estrecharon con la fuerza que tenían sus emociones. Ella se tapó la boca y sus ojos comenzaron a brillar, para luego derramarse en lágrimas que corrieron libres por los meandros que formaban las arrugas de su rostro. Benito, al verla llorar, con la barbilla temblando, dijo:

-Cipriana... Hemos cumplido con la ley de la vida. Juntos sembramos aquellos árboles, juntos criamos a nuestros hijos, y muy juntos escribimos el libro de nuestra historia y nuestros recuerdos. Quiera Dios que se cumpla tu deseo para seguir siempre juntos y amándonos por toda una eternidad...

Tres años después, en la ciudad de Aranjuez, la ciudad de los palacios y jardines de ensueño, un grupo de personas subían a un lanchón, llevando uno de ellos una urna metálica.

Llegaron a mitad del río, y un polvo blanco y fino fue esparcido en las aguas del río Tajo. Las cenizas flotaron unidas en la superficie del agua y fueron llevadas por la corriente, mientras en el poniente, el sol estaba por ocultarse en la mullida cama de su ocaso, como señalando que, a pesar de la oscuridad de la noche, para el día siguiente habría un nuevo amanecer para toda una eternidad.

Un nuevo día iluminando la plácida quietud de la muerte de dos seres que hicieron del amor un sueño eterno e inacabable.

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