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La dieta

La Eufrasia no acababa de ver claro eso de la dieta de adelgazamiento. Y mira que, fiel cumplidora de las reglas y ordenanzas, no solía faltar a una sola de las leyes fundamentales que el programa de sobremesa de la televisión local ha establecido sobre la materia.

La Eufrasia es una chica disciplinada y obediente, tanto que sus noventa kilillos de nada se los ha ganado a pulso desde su más tierna infancia. Nunca dijo no a un buen plato de garbanzos adornado por su correspondiente guarnición de tocino añejo, su hueso de jamón y su taco de ternera. Y si, para desayunar, su madre le colocaba un tazón de leche y el pertinente bollo tostado con su capita de un par de milímetros de mantequilla por el aquel de que la niña crezca lustrosa y bien alimentada, pues allá que nuestra Eufrasia se lo zampaba sin rechistar. El caso es que, como a cada cerdo le llega su San Martín, a nuestra amiga le llegó la hora de lucir su palmito. Chaparrito diríamos mejor en el caso que nos ocupa, porque esa era la figura de Eufrasia, la de un frondoso y bien cuidado chaparro. Cumplió sus dieciocho primaveras, fue a la discoteca del pueblo y, después de bailar durante diez largos minutos en los que poco le faltó para echar la primera papilla, llegó a la conclusión de que su adorada mamá la quería mucho, sí, pero a pesar de ello, la presencia física de la muchacha le había importado un pimiento en aras de la salud de hierro que debe de adornar a toda futura mamá que se precie.

Cuatro semanas llevaba nuestra lustrosa vecina cumpliendo con el sagrado deber de dotar a su figura de las curvas adecuadas para que se pudiese cumplir la primera de las premisas que conducen a una joven de su edad al estado de maternidad: encontrar un novio. El resultado, con todos los respetos a su esfuerzo, sólo podía considerarse como un rotundo fracaso. Aún no había logrado rebajar su peso en más de cien gramos. Leyó y releyó mil veces las notas que había tomado, las contrastó con su amiga Luisa por si se había saltado alguna nota o recomendación... Nada, todo perfecto, ni una acotación marginal había escapado a su atento bolígrafo. Y sin embargo... su anatomía permanecía inalterable, su oronda figura seguía siendo el orgullo de mamá.

-Oye, Frasi, ¿has consultado al médico?

Los pulsos se le pararon a la pobrecita Frasi, Eufrasia para los documentos oficiales. Sólo de pensar que lo suyo podría ser una enfermedad, además de los pulsos, se le cayeron los palos del sombrajo, como dice su padre cuando se le viene encima un grave problema, "una cosa gorda", como él dice.

-¿Y para qué quieres que vaya al médico?

-Mujer... ¿Tú estás segura de que sigues el plan de adelgazamiento al pie de la letra?

-¿Que si lo sigo? Ni un gramo de menos. Todo tal y como lo dice la locutora.

Y así era. Punto por punto, coma por coma, en su dieta diaria no faltaba ni un ápice de lo estipulado en orden a conseguir perder aquella figura que su madre tanto adoraba para transformarla en aquella otra que, sin lugar a dudas, despertaría la admiración de sus vecinos en edad de comprometer. Que, al fin y al cabo, si falta el elemento catalizador de la ansiada maternidad futura de la niña, lo demás, faltará por añadidura.

-Frasi... Algo te pasa. Deberías de visitar al endocrino -sentenció Luisa.

-¿Qué es eso? –la pobre de Eufrasia al oír eso de endocrino, se echó a temblar.

-Ay, hija, pareces tonta. Un endocrino es un médico especialista en cosas de alimentación –enfatizó Luisa enarbolando el último número de la revista de moda que acababa de robar de la peluquería-. Si es que no lees, mujer...

Aquella conversación dejó a Eufrasia sumergida en un mar de dudas. Había que tomar la iniciativa con prontitud o, de lo contrario…

Entre los que iban siendo copados por otras jóvenes en orden a la procreación, tan deseada por aquella pléyade de mozas fuertes y recias como las montañas que rodean Villabermeja, y los que tomaban bártulos y hacienda camino de la capital buscando puestos de trabajo más adecuados a sus ambiciones personales, la materia prima engendradora comenzaba a escasear en la villa. Ahora venía lo peor, ¿quién le pone el cascabel al gato de mamá? Dicho de otra manera, ¿cómo le decía a su solícita madre que iba a ir al endonosequé con el fin de perder aquello que tanto dinerito le había costado conseguir?

Entre llantos y fotografías en las que aparecía con sus amigas, fuertes como mozas de pueblo, cierto, pero que lucían un peso específico evidentemente inferior al suyo, Eufrasia consiguió el pertinente permiso para acudir a la consulta médica.

-Todo sea por tu futuro –dijo mamá-. Esta juventud de hoy en día...

Papá, lógicamente, guardó respetuoso silencio mientras pensaba que si él pudiese divorciarse de la parte añadida de su santa esposa después del sacramento matrimonial, otra cosa sería de su perdida libido... Mira que si de camino le da por seguir las pautas alimenticias de la Eufrasia, susurró por lo bajini.

-A ver –dijo el doctor Hermosillo mientras releía el plan auto-impuesto por Eufrasia-. Diez almendras diarias para el calcio, perfecto. Siete naranjas para la vitamina C, no está mal. Una doradita de medio kilo a la espalda para el fósforo, igual. Un filete de ternera de trescientos gramos para las proteínas, vale. Cuatro dulces para los hidratos de carbono, aquí lo dice. Tres cuartos de litro de leche para el omega-3, bien. Medio kilo de pan integral para las fibras, de acuerdo. Y medio litro de vino tinto para los taninos, mejor todavía...

El doctor desplazó su mirada del papel que le había ofrecido Eufrasia posándola sobre su generosa figura al tiempo que imaginaba el color de su bata el día que la muchacha decidiese vestirse de blanco. En un tono mesurado, volvió a hablar:

-Y esto... ¿Cómo lo distribuyes?

-Ay, doctor, qué cosas tiene usted. Lo normal, la leche, por la mañana con el pan integral y su mantequillita para que cuele mejor. La ternera y las naranjas, al medio día después del cocido o de las lentejas. Las almendras y los dulces, con otro vasito de leche, en la merienda, que una no es de mucho comer. Y la dorada, en la cena después de los dos huevos fritos con chorizo, que digo yo que como el pescado es más ligero que la carne...

-¿Y verduras?

-Uy, doctor, que ya lo dice el sabio, que acelgas a medio día y a la noche acelgas, mala comida y mala cena.

-Y también dice que abad de zarzuela, comísteis la olla, pedís la cazuela.


© Manuel Cubero Urbano

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