A cierta edad

Dicen que a cierta edad nos hacemos invisibles, que nuestro protagonismo en la escena de la vida declina y que nos volvemos inexistentes para un mundo en el que sólo cabe el ímpetu de los años jóvenes.

Yo no sé si me habré vuelto invisible para el mundo, es muy probable, pero nunca fui tan consciente de mi existencia como ahora. Nunca me sentí tan protagonista de mi vida, y nunca disfruté tanto de cada momento de mi existencia.

Descubrí que no soy una princesa de cuento de hadas, que no soy invencible; descubrí al ser humano que sencillamente soy, con sus miserias y sus grandezas. Descubrí que puedo permitirme el lujo de no ser perfecta, de estar llena de defectos, de tener debilidades, de equivocarme, de hacer cosas indebidas, de no responder a las expectativas de los demás, y a pesar de ello... ¡quererme mucho!

Cuando me miro al espejo ya no busco a la persona que fui, sonrío a la que soy. Me alegro del camino andado, asumo mis contradicciones. Siento que debo saludar a la joven que fui con cariño, pero dejarla a un lado, porque ahora me estorba. Su mundo de ilusiones y fantasía ya no me interesa.

¡Qué bueno es vivir sin poner el listón tan alto! ¡Qué bien no sentir ese desasosiego permanente que produce correr tras los sueños! La vida es tan corta y el oficio de vivirla es tan difícil, que cuando uno comienza a aprenderlo, ya hay que irse.

¡Se es feliz con tan poco! Apenas con cariño, la presión de una mano, un recuerdo de niño, acaso una sonrisa, tal vez un solo gesto... ¡Una promesa vaga de vivir sin engaño! ¡Se es feliz con tan poco que hasta parece extraño decirlo!