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Cómo llevar a un alumno al fracaso

Educar... la eterna tarea. Difícil e ingrata para muchos.

Eso es cierto, y con peores consecuencias cuando se asume en la práctica acciones del tipo que se describen a continuación, y que conducen a lo que podríamos llamar el polo opuesto del propósito educativo.

Si a usted como educador no le interesa mucho el éxito de la totalidad de sus alumnos, aquí tiene unas buenas fórmulas, muchas de las cuales a lo mejor ya usted ha utilizado, para que sus estudiantes fracasen. Si, por el contrario, usted es un educador convencido de la pedagogía del éxito y de que sus alumnos están para ganar, no para perder, entonces, elimine totalmente de su quehacer pedagógico estas acciones tan comunes y tradicionales. Una sola de ellas puede llevar a sus estudiantes al fracaso. Reflexione con sinceridad y objetividad sobre ellas y decida su logro: éxito o fracaso.

Para que su alumno fracase no existen complicaciones, ni dolores de cabeza, ni muchos compromisos. De las mil y una fórmulas miremos estas:

Trate al niño o al adolescente como si fuera un adulto en miniatura. No lo deje correr, gritar, jugar, ni tomar decisiones por sí solo. Oriente la lógica del niño por el mismo camino de la del adulto. Percíbalo como ignorante. No sabe nada. No es capaz de hacer nada. Dele todo y hágale usted mismo las cosas. Dígale que es incapaz. Castíguelo frecuentemente, severamente para fortalecer su voluntad.

Sólo estimule la competencia con medallas, diplomas, concursos, primeros puestos, comparaciones con los compañeros. Clasifique competitivamente su grupo. Recálquele el deseo de superar a los demás. Despierte en él la ambición por la superación social. Sea autoritario y vertical. Usted es el superior y él sólo el subalterno. Haga valer su autoridad. Enseñe democracia, pero sea usted lo más autócrata que pueda para conservar el orden en la clase.

Rodee de misterio y complejidad su materia. Dígale que es la única importante, y recálquele que las pruebas y exámenes son difíciles para que estudie. Recuérdele el examen permanentemente, y solicítele que estudie para él.

Ríndale culto sagrado a las calificaciones. Sea estricto con ellas, y bajo ningún pretexto permita modificaciones. Infúndale temor al estudio a través de ellas y de los exámenes.

Niéguele su afecto. No permita que se le acerque para que no lo vaya a irrespetar. Ignore hasta su mismo nombre. Dele predominio a la razón sobre la afectividad.

Recálquele sus defectos, y si comete una falla o error póngalo a repetir veinte, treinta o más veces una misma acción o tarea. No permita que hable en clase. El silencio en el aula es sagrado. Haga del silencio una virtud. No permita que le pregunte en clase a destiempo, ni que le interrumpa con temas que no vienen al caso. Si se equivoca, búrlese de sus errores y sea irónico con él. Utilice el sarcasmo como arma motivadora. Compárelo con los mejores del grupo, con sus padres, con otras personas o con usted mismo para que se sienta inferior.

Enrróstrele los problemas y los errores de su familia y de su mismo ambiente. Conciba el juego del niño o del adolescente, no como trabajo, sino como simple pasatiempo. Olvide el presente y hable sólo del pasado y del porvenir. Desconozca sus intereses particulares y sacrifíquelo en bien del interés de la institución y de la comunidad. Homogenícelo al máximo. No lo deje ser él mismo para que se parezca, lo más que se pueda, a los demás. Contraríele hasta su lateralidad. No lo deje ser zurdo.

Muéstrese con pereza o apatía en la clase o demuestre su insatisfacción o amargura en la labor que desempeña. Diríjase al promedio y olvídese de las diferencias individuales. Dele a todos los alumnos el mismo tiempo para sus actividades. Normalice todas las tareas de aprendizaje.

Cíñase estrictamente al programa, y preocúpese sólo por desarrollarlo totalmente dentro del calendario. No permita que sus alumnos conozcan los objetivos que usted se propone con cada clase, la unidad o el curso. Exija obediencia ciega para que no haya autonomía. Sea dogmático en sus exposiciones y puntos de vista. No le dé importancia al aprendizaje extrainstitucional. Sólo la escuela puede enseñar.

Piense que usted nunca tiene parte de responsabilidad en el fracaso. La culpa es sólo del alumno que no estudia. Ignore los factores de antipatía, simpatía y apatía que afectan las relaciones con el estudiante, y no haga nada por manejarlos. Descuide la presentación del ambiente físico externo del establecimiento y la misma presentación personal. Que el alumno se adapte a ellas como pueda. Estimule la monotonía y la repetición. Todo cambio es riesgoso y es mejor no correr riesgos. Suponga como adquiridos todos los conocimientos y requisitos previos al nuevo aprendizaje que se va a emprender. Manténgase en conflicto con su alumno, trátelo como tonto y, si es el caso, humíllelo delante de sus compañeros.

Como puede ver, señor educador, los ingredientes son sencillos y están a la mano. Si usted medita un poco encontrará muchísimos más. ¿Querrá usted seguir utilizándolos en su pedagogía de fracaso? o ¿tendrá usted la entereza de afrontar los sinsabores, las dificultades y los riesgos que los cambios encierran para borrarlos de una vez por todas de su actuar educativo y enrutarse hacia una pedagogía del éxito?

Esto no es fácil, y lo más grave es que, para hacerlo, lo ingredientes sí son muy escasos. Es usted, con una actitud positiva, quien debe buscarlos día a día, pensando, ante todo, en que su alumno es una persona que vale, diferente a las demás y que debe tener éxito en la vida para lograr así lo mejor de la educación: ser feliz en cooperación con todos pero con personalidad propia.

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