Dejemos a los niños ser alegres

Los adultos esperan que los niños se comporten como ellos: reprimidos y limitados en su potencial. No los dejamos bailar, cantar, gritar, saltar todas las veces que sienten ganas de ello. Les ponemos límites y razones triviales para que no lo hagan: "Te vas a ensuciar, vas a romper las cosas, vas a molestar, vas a hacer mucho ruído", anteponiendo nuestra comodidad por encima de una de las cualidades más importantes de los niños, necesaria de preservar: la alegría.

Exigiéndole obediencia cuando nosotros lo consideramos necesario y las veces que así lo decidamos, sin darle elección de antemano dentro de un marco de referencia, vamos desconectando al niño de su verdadera naturaleza, alimentando a un futuro adulto malhumorado, en vez de preguntarle: ¿Qué te dice tu corazón que debes de hacer? Si lo hacemos sensible al lenguaje de su corazón estaremos sembrando el respeto a su intuición, a su lenguaje del alma. Si validamos su sentir desde temprana edad, su contacto con la intuición será claro y diáfano, sin duda, y decidirá sabia y acertadamente desde pequeño.

El niño necesita experimentar, expandirse, jugar, reírse, saltar, brincar para no sólo desarrollarse físicamente, sino emocionalmente. Pero el niño interno del adulto reprimido no le da libertad al hijo o hija, no le permite reírse de corazón, inhibiéndole de disfrutar de las cosas pequeñas de la vida, y con esa conducta aprendida, poco a poco el disfrute de la vida se va encogiendo, tornándose en un adulto serio, destruyendo su sentido del humor, y termina cargando su propio niño interno escondido dentro de él.

Permitamos que nuestros niños se rían más, jueguen más, canten, bailen más, y aún en las situaciones de crisis, enseñémosles a ver lo positivo detrás del obstáculo y salir de él a través de creatividad, la risa, la alegría de estar vivos, para elegir un mejor escenario de vida.


María Dolores Paoli