La bendita falta de experiencia

¿Qué cosa es eso que llaman "experiencia"? Es algo que supuestamente debemos adquirir después de cada golpe que nos da la vida. La experiencia es como un chichón o un morado eterno.

Y cuando usted se equivoca, todos le dicen: "Bueno, chico, no te preocupes, que esto te sirva de experiencia". Desde luego, no importa cuántos golpes recibamos, cuántas veces metamos la pata en la vida, siempre volvemos a defecarla.

Y lo que es peor aún, que junto a la acumulación de experiencias, también viene la acumulación de canas, de arrugas, de años, de dientes postizos y de visitas al médico.

Y llega el momento en que el viejo sinceramente lo que tiene ganas de decir es: "Si me quitan mis achaques les regalo toda la experiencia que poseo". Y con tristeza vemos que el ser humano no escarmienta en cabeza ajena.

Es decir, que cuando tenemos cierta edad llegamos a la conclusión de que no solamente ya no podemos utilizar la experiencia en beneficio propio, sino que no podemos tampoco pasarla al nieto, porque éste, desde chiquitico, quiere adquirir sus propias experiencias.

Y las experiencias hoy son escuchadas como "antigüedades, cosas de viejos pasadas de moda". Vamos a andar claros en una cosa: No hay una jovencita que le haga caso a un anciano si éste, junto a su experiencia, no tiene un saco grande de dólares.

Y otro problema es que la experiencia nos amedrenta. Yo creo que la experiencia es sinónimo de miedo. Fíjese que mientras menos experiencia tiene un muchacho más guapo es, más atrevido es, más osado es, más confiado y seguro es.

Al hombre cargado de experiencia le encanta decir: "Más sabe el diablo por viejo que por diablo". Lo que oculta es que "la artritis le resta muchísimo impulso a las diabluras". Y entonces viene el "no hago esto porque me puede pasar esto otro" y "no voy ahí porque un día ahí me caí".

Y sabemos que "si corro, me puedo caer", pero el nieto corre, se cae, se levanta y sigue corriendo, mientras el que tiene toda la experiencia del mundo se cae y se pasa un mes recluido en el hospital. Porque aparejado a la gran experiencia los huesos comienzan a debilitarse.

Vamos acumulando experiencia y vamos añadiendo alimentos que nos perjudican. Y llega el momento en que somos tan experimentados que lo único que nos cae bien al estómago es el puré de papa a las once de la mañana. Mientras tanto, el tipo falto de experiencia lo mismo se tira en un paracaídas que come "rayo encendido a las dos de la mañana" y no le pasa nada.

El joven, desprovisto de experiencia en la vida, agarra su carro a las dos de la mañana abajo de un aguacero y toma la carretera rumbo a Palm Spring en California o a Naples en Florida. Allá se divierte "de lo lindo". En la casa, sus experimentados padres sufren y no duermen en toda la noche pensando que "al niño le puede ocurrir un percance".

Algo interesante es que casi todo lo que hacemos producto de la falta de experiencia después puede resultar ser de lo que más orgullosos nos sentimos en la vida. Cuando yo tenía 19 años estaba montado en el barco Venus listo para desembarcar en Cuba junto a Vicente Méndez, Jorge Riopedre, Humberto Solís, Edel Montiel y 17 guajiros. Era una muerte segura, a mis padres les hubiera dado un ataque de histeria si se hubieran enterado, pero si usted hoy me pregunta ¿de qué te sientes más orgulloso en tu vida?, sin pensarlo dos veces respondo: de esa falta de experiencia mía.

Por lo tanto, si yo fuera Guillermo Álvarez Guedes, terminaría este escrito ahora diciendo: "¡Ñoooo, pero qué clase de mier... es la experiencia!"

por Esteban Fernández