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Sacude la soledad

La soledad es el mal de nuestro tiempo. Es la espina de la incomunicación, en el siglo más avanzado y más comunicado de todos los tiempos.

Soledad significa hueco sin llenar, isla sin puentes, ventanas cerradas, y abandonos profundos. Es estar mudo, alejado, desprovisto, trunco. Soledad es inercia y aislamiento. Todos los movimientos se esfuman. Todas las reacciones para actuar se evaporan. Todas las sensaciones del vivir se opacan. Es como empezar a morir en indiferencias y en tristezas.

Cuando la soledad flota a tu lado, no sabes más que hundirte en ella y caer de lleno en su vacío. Te escabulles de la vida y te quejas de soledad. Tienes miedo de abrir las puertas de tu jaula y que te entren las palomas, el estudio, los intereses, o los amigos. Tienes miedo de que tu hermano se te acerque, o que la vida te reclame. Tienes miedo de sacudir tu soledad y no das ni un solo paso al frente. Por eso tus rosas pierden su perfume, tus pupilas confunden el paisaje y tu alegría pierde su frescor y transparencia.

Con una profunda soledad te vas contaminando y vas destruyendo los puentes que Dios levantó para que puedas llegar a la barca del que sufre. Acabarás solo, como una piedra a la que nada puede decirle la corriente de las almas y el palpitar del mundo. Tu soledad es niebla, es humo. No ves necesidades, no oyes lamento, no te sacude la sed de vivir.

La soledad no es física: es de espíritu, y de alma. A veces, rodeados de seres, sentimos frío, y rodeados de ausentes queridos, sentimos un gran calor. A veces, el encuentro de dos soledades produce compañía y la presencia de dos que se repelen, produce soledad.

A veces, en el tumulto del mundo te sientes vacío. A veces te vence la nostalgia y vives una desesperada soledad que no sabes curar. Quieres saborear solo tus lágrimas. Que no te recuerden tu deuda de amor con los demás, ni tu deber de caridad para el mundo, ni la gratitud que le debes a Dios por todo lo que te puso para acompañarte.

Agrandas tu soledad queriendo olvidarte de ella. Lloras solo en tu almohada, nunca junto a un amigo. Te aprieta el corazón, un mundo donde la gente va en tropel de un lado a otro. Porque a veces, la soledad es mundo, gente, superficialidad, aturdimiento, y nada. Pero sólo la verás huir, cuando enciendas tu propia luz, modeles tus propias raíces y aprendas la lección y el prodigio del cotidiano vivir.

La soledad más amarga es la de dos esposos en techos distintos. La soledad más persistente, la del vacío de uno y la ternura de otro, que no saben encontrarse. La soledad más desesperante, la de las manos que se atraen por su tibieza y se separan por su orgullo. Eso de faltar a las manos el apretón y la calidez, además de soledad, es aridez y sequía.

Algunos espacios vacíos debes tener, cuando se te ha infiltrado tanto desperdicio, y tanta soledad. Cuando te sumes en la soledad, todo es inútil. La soledad te debilita valores, bases y columnas y deja en ti sentimientos en contra de la fe.

La soledad no deprime. Lo que deprime es amurallarse en ella. Los achaques y las penas no aplastan. Lo que aplasta es nuestra mente, que los agranda hasta que nos caen encima como un manto tupido e impenetrable de soledad. Las limitaciones no destruyen. Lo que destruye es no querer lidiar con ellas y rendirse en nombre de la soledad.

¡Sacude la soledad! Porque el mundo necesita tus hombros para cruces más pesadas que las tuyas. Necesita tus ojos para lágrimas más tristes y más amargas que las tuyas. Necesita tus manos para socorrer necesidades más imperiosas y más apremiantes que las tuyas. Necesita tus palabras para que alguien reviva; tus brazos, para que alguien se sostenga, y tu ternura, para que alguien se acuerde de que existe el amor.

La soledad es la filosofía de lo negativo, donde la noche no tiene amanecer, la jaula no tiene llave y la tierra no tiene flores. La soledad es un hueco hondo que no te deja ver la luz, es como el sollozo de la sonrisa, y el congelamiento de la emoción. ¡Cómo lesiona el alma la soledad! ¡Cómo nubla la inteligencia, oprime el corazón y endurece la vida!

No te vacíes de alas, que hay sueños para todas las edades. No te alejes de Dios, que nunca falla. Sacude la soledad, ama un poco más y un poco mejor. Más de acuerdo con la vida, más a la capacidad de tu alma, y más a tono con Dios.

No arrastres una soledad que te tiene como muerto, mientras en la tierra todo florece, palpita, y canta. No te escapes tú mismo de la felicidad tantas veces, huyendo como una paloma acorralada y con frío, sin otra salida que la depresión. ¡Decídete a vivir! ¡Sacude la soledad!


Zenaida Bacardí de Argamasilla

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