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Ayudando a llorar



La niña llegó a la casa atrasada para la cena. Su madre intentaba calmar al padre nervioso mientras le pedía explicaciones sobre lo que había pasado.

La niña respondió que había parado para ayudar a Janie, su amiga, porque ella se había caído de la bicicleta y ésta se había roto.

- ¿Y desde cuándo sabes arreglar bicicletas? -preguntó la mamá.

- ¡Yo no sé arreglar bicicletas! -dijo la niña.- Yo sólo paré para ayudarla a llorar.


Sufrir la pérdida de ciertas cosas es inherente a la vida del ser humano. Muchas veces las cosas que perdemos o que se rompen en nuestras vidas son irreemplazables y ni siquiera nosotros mismos podemos repararlas. Y por lo tanto es mucho menos dable esperar que otros lo hagan. Pero muchas veces la gente que nos quiere puede ayudarnos a soportar mejor las consecuencias de las pérdidas. Una palabra afectuosa, un consejo, una frase de aliento, o alguien que llore con nosotros nuestra pena, puede mitigar sustancialmente el dolor.

Y lo importante es que no sea un compadecimiento, sino el sufrir un poco, junto a nosotros, nuestra pena. Seguramente quien haga esto estará en nuestro corazón coronado con el título más importante que una persona puede recibir: el ser considerado «amigo».


Graciela Heger A.