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Despedirse


Lo más triste no es despedirse, sino no saber hacia dónde ir...

Y lo más triste no es despedir al que parte, sino no saber dónde y para qué te quedas.

Si toda la vida es un camino, y si toda la vida es una búsqueda, acéptalo aunque te duela, toda la vida es una despedida. Y sólo aprendiste a vivir cuando aprendiste a despedirte.

Y no habrás aprendido a caminar en libertad, buscando lo no alcanzado, mientras no te hayas despedido de lo andado y lo logrado.

Despedirse es condición de todo lo que se mueve en el tiempo. ¿Cómo estarías viviendo hoy sin haberte despedido del ayer? ¿Cómo quisieras vivir tu mañana, sin despedirte de tu hoy?

Pero presta atención, que no es lo mismo dejar que despedirse. Todos vamos dejando, pero no todos nos despedimos.

Los animales se dejan, se separan. Las personas podemos hacer algo más... despedirnos.

Lo dejado sin despedida, puede estar ausente o alejado en el espacio, pero sigue adherido al corazón, quitándote la libertad que necesitas para vivir tu presente.

Tu primer alejamiento sucedió cuando naciste; es lo primero que perdiste o dejaste, el seno de tu madre, cuando todavía no estabas capacitado para despedirte. Por eso dicen por ahí que mientras no te hayas despedido, guardas en lo profundo una secreta nostalgia y un oculto deseo por regresar.

Y el camino de la vida así comenzado, con una pérdida y una despedida, se hace un largo peregrinar con llegadas y partidas.

Sí, eso es crecer. Hermoso desafío el de acercarte a la madurez y la plenitud de ser tú mismo.

Pero crecer es doloroso, como lo fue tu nacimiento. Por eso, cuántas personas se detienen y no quieren crecer, porque les cuesta despedirse. Dejar de ser el niño protegido, para entrar en las aguas turbulentas de la adolescencia conflictiva.

Duele dejar la adolescencia descomprometida, para asumir la juventud con exigencias y responsabilidades. Duele aceptar la madurez adulta, renunciando a la juventud eterna. Duele envejecer sintiendo que se acerca el momento de lo último, para celebrar festivamente el encuentro final.

La despedida que no cerraste con una buena despedida, es como una herida abierta, que sangra cada vez que la golpeas con una nueva pérdida. Deja un hueco de ausencia, que buscarás llenar sin darte cuenta, y que te hará llorar con desmesura toda nueva despedida.

Los consultorios psicológicos, son salas de auxilio y talleres de reparación, puestos a la vera del camino para que sean socorridos los que no pueden continuar su marcha, por el peso de las despedidas inconclusas.

La libertad y la valentía que no tienes para despedirte de todo lo dejado y lo perdido, son la libertad y la fuerza que te faltan para seguir andando.

Despídete: de tus padres, y cuídate de ti mismo, haciéndote responsable de tu vida. Despídete: de los hijos que ya no te necesitan, y déjalos ser libres. Despídete: de lo bueno que viviste, sin apegarte al tiempo que pasó, por temor del presente y el futuro. Despídete: del mal que cometiste, sin atarte por culpas y reproches, perdonándote a ti mismo. Despídete: de los que muriéndose partieron, para que dejes de esperar su regreso, y camines tu camino en la esperanza de encontrarte tú con ellos... Despídete: deja correr el río de la vida, llevándose las aguas que estás viendo para que tengan lugar ante tus ojos las aguas que no viste todavía, y que ya están viniendo...