Carta de un padre a su hijo

¿Sabes? Meditaba en el tiempo que hace ya que no nos vemos. Hace mucho, ¿verdad? Sentí ganas de hablar contigo... ¡Te extraño mucho! Y es por eso que me atreví a escribirte estas líneas.

He meditado mucho sobre mi caminar contigo en esta tierra. He pensado cómo a veces los padres desperdiciamos los más ricos momentos que Dios nos otorga como familia. Creemos que todo estará ahí siempre, que los hijos nunca se han de ir, que la esposa siempre permanecerá a tu lado y que siempre soportará todo. Que nada cambiará.

¡Qué pocas veces valoramos y disfrutamos a plenitud lo que en ese momento tenemos! ¡Qué soberbios e ignorantes somos a veces!

Contigo, "negrito", aprendí a ser padre (bueno, todavía estoy aprendiendo). Cometí muchos errores contigo. Te negué tantas cosas de mí; mi tiempo, mi esfuerzo... en cuántas cosas sólo pensé en mí... sólo en mí. Mis problemas, mis metas, mi trabajo y aún la iglesia, era primero que tú.

¿Por qué no pude interpretar en tu carita de niño que me necesitabas como amigo? ¿Por qué fui tan ciego para no entender la necesidad que tenías de mí como tu padre? Tú tenías que haber sido una de las primeras personas por las cuales yo me preocupara de verdad. Tu alma tuvo que haber sido prioridad en mi vida.

Hoy, "mi negrito", quisiera volver el tiempo atrás y compensarte todas aquellas cosas que un día te negué. ¡Cómo quisiera que esto fuera un sueño nada más y que al despertar tú estuvieras ahí...! Pero sé que esto no es un sueño, esto es una dura y cruel realidad. Te has ido para siempre, y te has ido para nunca más volver. Ya nunca jamás podré remediar nada.

¿Recuerdas cómo me molestaba cuando desgastabas tus pantalones, y te regañaba tanto por ello? Yo pensaba que tú no tenías consideración. "Las cosas cuestan" -te decía-. ¿Recuerdas cómo me molestaba porque tenía que comprarte todas esas cosas que te pedían en la escuela? Decía: "Cómo piden en la escuela, ¿han de creer que el dinero se da en los árboles?". Y todavía pedían cuotas y cosas como esas.

¿Recuerdas cómo me molestaba porque hacías tanto ruído en la casa cuando yo estaba estudiando u orando? ¡Cómo anhelaba estar solo! ¡Qué necios somos al pensar así! Peor aún, el mencionarlo. Nunca se me ocurrió pensar, "mi negrito", que si desgastabas tus pantalones, que si rompías tus zapatos, que si hacías ruido, que si hacías travesuras, que si en ocasiones tenía quejas de ti, que si tenía que darte para todos esos gastos, de comida, vestido, educación, era porque estabas vivo.

¡Cómo quisiera hoy tener todavía todas esas cargas tuyas sobre mí! ¡Cómo quisiera hoy volver a ser tu padre y desgastarme para ti, dar mi vida por ti! Pero ya no puede ser. Ahora, ya no me das ningún problema, ya no me produces ningún gasto. Ya no trabajo para ti. Ya nadie se queja de ti. Ya a nadie molestas. Y esto es simplemente... ¡porque estás muerto!

Pero ya aprendí. Tu papá, "mi niño", ya no es el mismo. El dolor fue muy fuerte, me dolió muchísimo. Hoy tus hermanos tienen otro papá. En algunas ocasiones estoy a punto de volver a lo mismo que hice contigo y recuerdo todo esto y pienso: "no sé hasta cuándo los voy a tener". Entonces le pido a Dios que me de gracia para enriquecer cada uno de los momentos con ellos y con tu madre. Tal vez un día despierte y ya no estén, tal y como me pasó contigo... ¡Todo fue tan rápido, tan de repente...! Creo que somos muy buenos amigos tus hermanos y yo.

Y tu madre, ¡no sabes cuánto he entendido la falta que me hace! Tú sabes que no es perfecta y que en varias ocasiones llegué a estar tan molesto con ella, que hasta pensé en el divorcio, es más, hasta llegué a decírselo. Pero ahora, después de todo esto he aprendido a ver muchas cualidades que ella tiene y que yo, necio, antes no veía.

¿Sabes? Tu madre es una gran mujer. A veces me pregunto: ¿Por qué no había visto esto antes? ¿Tuvo que hacer falta que tú murieras para que yo pudiera darme cuenta de t