No te metas en mi vida

Recuerdo una ocasión en que escuché a un joven decirle a su padre: ¡No te metas en mi vida!

Esta frase caló hondamente en mí, tanto, que muy frecuentemente la recuerdo en la relación de padres e hijos y me imagino siendo yo aquel padre y lo que le respondería a mi hijo: Hijo, yo no me meto en tu vida... ¡Tú te has metido en la mía!

Hace ya más de 30 años, gracias a Dios, y por el amor que papi y mami nos teníamos, llegaste a nuestras vidas. Ocupaste nuestro tiempo, durante casi los nueve meses enteros. Mamá se sintió mal, no podía comer, todo lo que comía lo devolvía, y hasta tuvo que guardar reposo. Yo tuve que repartirme entre las tareas de mi trabajo y las de la casa para ayudarla. Ya no podíamos ir a todas las reuniones, no frecuentábamos tanto a los amigos, de hecho de muchos de ellos nos separamos por tu causa.

Los últimos meses, antes de que llegaras a casa, mamá no dormía y no me dejaba dormir, nos teníamos que despertar temprano para ir a trabajar. Sin embargo yo me esforzaba por ser paciente y ayudar a mamá a que se sintiera mejor, para que tú estuvieras bien. Los gastos aumentaron increíblemente, tanto que gran parte de lo nuestro se gastaba en ti: en un buen médico que atendiera a mamá y la ayudara a llevar un embarazo saludable, en medicamentos, en la maternidad, en comprarte todo un guardarropa. Mamá no podía ver algo de bebé, que no lo quisiera para ti: una cuna, un coche, todo lo que se pudiera con tal de que tú estuvieras lo mejor posible. Ni siquiera me di cuenta cuándo dejé de comprarme cosas para mí, y tú sabes que los equipos de fotografía son mi delirio.

Llegó el día en que naciste, hay que comprar algo para darle de recuerdo a los que vengan a conocer al bebé, hay que adaptarle un cuarto al bebé, -dijo mamá-. Desde la primera noche no dormimos. Cada tres horas como si fueras una alarma de reloj nos despertabas para que te diéramos de comer, otras te sentías mal y llorabas y llorabas, sin que nosotros nos sintiéramos tranquilos, pues a veces no sabíamos qué te sucedía y hasta llorábamos contigo. Todas las enfermedades te dieron y nosotros tuvimos que suspender muchas de nuestras salidas... Mamá ya estaba muy bien arreglada para ir a alguna reunión (después de meses de no salir), yo estaba a punto de pasar por ella y me llamaba: cambio de planes, el niño tiene temperatura, no podremos ir.

Empezaste a caminar, yo no sé cuándo hemos tenido que estar más detrás de ti, si cuando empezaste a caminar o cuando creíste que ya sabías. Ya no podíamos sentarnos tranquilos a leer el periódico o a ver la televisión, porque para cuando acordábamos, te perdías de nuestra vista y teníamos que salir tras de ti para evitar que te lastimaras.

Todavía recuerdo el primer día de clases, cuando no fuimos al trabajo, ya que tú en la puerta del colegio no querías soltarnos para entrar, llorabas y nos pedías que no nos fuéramos. Tuvimos que entrar contigo al colegio, y pedirle a la maestra que nos dejara estar a tu lado ese día en el salón para que fueras tomando confianza. Después de tanta confianza que tomaste, hasta te olvidaste de nosotros. La mayoría de las veces no sólo ya no pedías que no nos fuéramos, sino que te olvidabas de despedirte cuando bajabas del auto corriendo para encontrarte con tus nuevos amiguitos. Del colegio, recibíamos muy seguido notas: no hace caso, es indisciplinado, pelea con los demás, no quiere hacer sus tareas, se la pasa en los baños, rayó la libreta de su compañerito, se lastimó un pié, o se rompió una mano.

Fuiste creciendo y contigo fueron creciendo las aventuras. La vecina un día se acercó para decirnos: su niño rompió un cristal de mi casa con una pistolita de balines. Constantemente mamá tenía que estar acomodando las mismas cosas de tu cuarto (incluso fuera de él), pues ella las arregla un día y al otro tenía que volverlo a hacer pues ya estaban desordenadas nuevamente.

Seguiste creciendo, querías ir muy aprisa, te urgía