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Tres noches


Una pareja descubrió que su hijo de 14 años les había mentido. El chico, llamado Esteban, no había asistido a la escuela durante tres días consecutivos.

Se le descubrió cuando el profesor llamó a los padres para preguntar cómo se encontraba de su salud. Los padres se enojaron más por las mentiras de Esteban que por no haber asistido a la escuela.

Después de hablar con él con respecto a lo que había hecho, decidieron castigarlo de una manera muy severa y poco acostumbrada. Su conversación fue algo parecido a lo siguiente:

-Esteban, ¿sabes lo importante que es que podamos confiar los unos en los otros?

-Sí.

-¿Cómo podemos volver a confiar los unos en los otros si no siempre decimos la verdad? Por eso la mentira es algo terrible. No es únicamente un pecado, sino que también destruye nuestra habilidad de confiar en los demás. ¿Lo comprendes?

-Sí, señor.

-Tu madre y yo debemos hacerte comprender la seriedad del asunto, no tanto el hecho de no haber asistido a la escuela, sino las mentiras que has dicho. Tu castigo será que durante los próximos tres días, una vez por cada día de tu pecado, debes ir al ático y quedarte allí solo. Incluso comerás y dormirás en ese lugar.

Así que Esteban se dirigió al ático donde se le había preparado una cama.

Tal vez fue la noche más larga para Esteban, y tal vez, aún más larga para mamá y papá. Ninguno pudo comer, y por alguna razón, cuando papá intentó leer el periódico, las palabras parecían borrosas. Mamá intento coser, pero no podía ver lo suficiente para ensartar la aguja. Finalmente llegó la hora de irse a la cama.

Cerca de la medianoche, conforme papá yacía en la cama pensando en el miedo y la soledad que debía sentir Esteban, habló finalmente con su esposa:

-¿Estás despierta?

-Sí, no puedo dormir pensando en Esteban.

-Yo tampoco -respondió papá.

Una hora más tarde preguntó papá:

-¿Ya te has dormido?

-No, -respondió mamá-. No puedo dormir pensando que Esteban está solo en el ático.

-Yo tampoco.

Pasó otra hora. Eran las 2:00 de la mañana.

-Ya no lo soporto más -murmuró papá conforme se levantaba de la cama tomando su manta y su almohada-. Me voy al ático.

Se encontró a Esteban tal y como esperaba: completamente despierto y con lágrimas en sus ojos.

-Esteban, -le dijo el padre-, no puedo levantarte el castigo por tus mentiras, porque debes saber lo serio de lo que has hecho. Debes darte cuenta de que el pecado, en especial la mentira, tiene severas consecuencias. Pero tu madre y yo no podemos soportar el pensar que tú estás aquí solo en el ático, así que voy a compartir tu castigo.

El padre se acostó al lado de su hijo y los dos se echaron las manos al cuello abrazándose. Las lágrimas de sus mejillas se unieron conforme compartían la misma almohada y el mismo castigo... durante tres noches.


Hace 2000 años, Dios se levantó "de la cama" con Su manta y Su almohada -de hecho, espinos y una cruz para la crucifixión-, "colocó" Sus mejillas con lágrimas junto a las nuestras y "llevó" nuestro castigo por el pecado. Su ático fue la tumba, su cama, una loza de piedra, y la mejilla que estaba junto a la Suya era la tuya, la tuya y la mía.