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Noche de Reyes


Me gusta pasear por mis adentros, recorrer mis recuerdos, poco a poco, mirarlos, quedarme prendida en ellos... Algunos me parecen entrañables; de entre ellos, varios de mi niñez. Son pedacitos de mi vida vestidos de ilusiones.

Hoy rescato uno de los más guardados, de los que conservo con especial nostalgia. La víspera de Reyes, esa noche mágica llena de ilusiones y sueños para todos los niños.

Tendría como unos siete años. Unos días antes, siempre nos aconsejaban:

- Portaros bien. Por todos los agujeritos, allá en donde estéis, los Reyes os observan y ven lo que estáis haciendo.

Mi hermana y yo mirábamos por todos lados, pero por mucho que nos empeñásemos, jamás veíamos agujerito alguno. ¡Y qué os voy a contar estando en la calle! Yo, haciéndome la lista y, aprovechando que mi hermana era menor, le decía bajito:

- Shissssss... el agujerito es todo... ¡¡¡madre mía!!!, nos verán por todos lados, así que portémonos bien, no vayamos a fastidiarlo al final y nos dejen sólo el carbón.

Aunque, a decir verdad, y como soy golosa, tampoco era lo que más me preocupaba. Sin embargo, siempre cuestionaba cualquier cosa que se me decía. Al pensar en aquellas palabras: «los Reyes os ven ahora», me preguntaba si era justo que influyera sólo esos días. ¿Qué pasaba con todo lo bueno conseguido durante el año? ¿No servía? ¿Y el que se portara mal durante el resto del año y en esos días previos al de Reyes, lo hiciera bien? ¿Ya tenía sus regalos asegurados? No me parecía que fuera justo, la verdad, pero tampoco lo discutía por el temor de que así fuera realmente y terminarán por enfadarse los Reyes conmigo.

Esa noche, bien abrigados, con los colores del frío y de la emoción reflejados en los mofletes de la cara, nos llevaban a ver la cabalgata.

Suele hacer mucho frío en esa época del año en mi ciudad, pero ni nos importaba ni lo sentíamos. Todos los niños estábamos pegaditos unos a otros, mirando con los ojos muy abiertos y vestidas las caras con todas las ilusiones del mundo. Siempre sucedía que creíamos ver nuestros regalos, todo lo que habíamos pedido, en los camellos que iban detrás de los reyes. Yo siempre veía los de mi hermana, nunca los míos. Mi hermana, al contrario, siempre veía los suyos y nunca los míos. Esa noche me acostaba con la preocupación de si a mí no me traerían nada. Mi madre siempre me tranquilizaba regalándome una enorme y preciosa sonrisa mientras me acariciaba diciéndome:

- No temas, bonita, los tuyos son tan grandes, que ni siquiera pueden los camellos con ellos. Pero, tranquila, que te los traerán todos. Y, ahora, cuidaros de dejar la bandeja con los dulces, la copita de vino y agua, mucha agua, para los camellos que tendrán bastante sed. Y, sobre todo, no os olvidéis de poner los zapatos junto al árbol. Luego, rápido, a la cama. Y por mucho ruido que oigáis, o jaleo que hagan, ni se os ocurra abrir un ojo siquiera, porque si se enteran que los estáis viendo, entonces sí que ya no os dejan nada.

¡¡¡Dios mío!!!, era un ritual precioso, preparándolo todo tal y como nos lo decían. Qué caritas tan tiernas las nuestras en aquellos momentos, y con qué ilusión tan grande nos íbamos a la cama, aún sabiendo que era imposible dormirse y que estaríamos acechando cualquier ruido y avisándonos, una a la otra, al más mínimo movimiento.

- Ya están ahí. ¿Los oyes?

Yo era más miedica, y le pedía, en voz baja, que por favor se hiciera la dormida, que los Reyes eran muy listos y podían vernos con los ojillos abiertos. Mi hermana siempre terminaba riéndose, pero también haciéndome caso.

Y a la mañana siguiente, mientras contemplábamos nuestros juguetes, las dos nos mirábamos con una sonrisa cómplice en la que asegurábamos que los habíamos oído e, incluso, en ocasiones, hasta que los habíamos visto.

Nuestras caras, esa mañana, eran la felicidad personificada al ver todos nuestros regalos allí, al pie del árbol. Casi ni nos atrevíamos, en un principio, a acercarnos a ellos. Sólo mirábamos, temerosas de que el encantamiento se pudiera romper.

Y ahora, desde la distancia, comprendo la sonrisa de satisfacción de nuestros padres. Para ellos también seguía siendo una noche mágica, colmada por la ilusión que nos ofrecían. Y así espero y deseo que algún día pueda hacerla yo.

Tatiana Krahe